jueves, febrero 16, 2006

La palabra como ser vivo, llena de sentimientos, luz y entendimiento.

martes, febrero 14, 2006

Café, café, café



El olor a café lo impregnaba todo; de pronto se vio a sí misma como una niña otra vez, suplicándole a su abuelo le diera un sorbito de café cubano, concesión que sólo lograba cuando estaban solos y el viejo no se arriesgaba a recibir una reprimenda de su mujer. Esos días estaban perdidos y jamás volverían, era mejor no recordar. Buscó una mesa disponible y a lo lejos encontró justo lo que necesitaba, un lugar apartado donde tener un poco de privacidad.

Se sentó y esperó su llegada. El lugar se iba llenando poco a poco, cada vez más gente. Conforme pasaban los minutos, el sonido de las distintas pláticas formó suficiente ruido de fondo para aplacar cualquier pensamiento. La visibilidad disminuía poco a poco, gracias a los fumadores que creaban una cortina de humo. Aunque ella acostumbraba fumar sólo en eventos sociales, en ese momento decidió que tal vez la ayudaría el cálido contacto de un cigarro en los labios.

Seguían pasando los minutos y él no llegaba, buscaba a su alrededor y sólo veía gente feliz, parejas que platicaban animadas, grupos de amigas hablando todas a la misma vez. Ella era la única solitaria, sólo ella desentonaba con el resto del ambiente. Se hundió en su asiento al darse cuenta de eso, quería pasar desapercibida, no quería que la vieran sola… abandonada. Si, así estaba, abandonada; era una mujer no querida, no besada, no amada ni abrazada, no tenía un hombre a su lado que la acompañara o que la hiciera reír, no tenía un grupo de amigas con quien compartir o contar anécdotas, no tenía a nadie con quien dejar de estar sola.

La soledad le cayó encima como una enorme roca, el abandono y la indiferencia del hombre que amaba pesaba en su pecho como una loza, los minutos seguían pasando y él no llegaba. Encendió otro cigarro. Pidió otro café.

Recordó la última vez que lo vio, se veía tan guapo y lo odiaba tanto. Odiaba su desamor, odiaba que ya no estuviera con ella, odiaba que estuviera con otra, cuando debería estar con ella. Recordó su pelo tan negro, tan suave, recordó cómo se hundían sus dedos en él cuando hacían el amor, recordó la textura de su piel y el sonido de su voz. Era todo lo que recordaba, no recordaba los malos tratos, no recordaba los golpes, ni siquiera se acordaba de la indiferencia de los últimos tiempos al hacer el amor. Quería recordarlo así, cuando la amaba.

Hoy era diferente, hoy tenía una esperanza. Él la había llamado para invitarla a tomar un café, tal vez quería volver, tal vez se había arrepentido. La esperanza trataba de salir a flote entre el dolor de la pérdida, intentando no ahogarse en el desamor.

El llegó por fin y se sentó frente a ella

- ¿Cómo estás?- fue lo primero que dijo, y Ana no supo qué contestar, ¿tendría que contestar la verdad o un simple y convencional “bien”?
- Bien ¿y tu?- contestó al fin.
- Bastante bien… no quiero quitarte tu tiempo. Es muy simple, voy a casarme y quiero el departamento donde vives. Como sabes está a mi nombre, y no es justo que tú vivas en mi departamento mientras yo pago una renta.
- ….
- Tienes un mes, creo que es tiempo suficiente para que empaques y busques a dónde ir.
- No entiendo…
- Entiendes perfectamente, el departamento donde vives es mío, está a mi nombre y lo quiero

Ana tardó eternos segundos en reaccionar, en entender que Alonso no quería volver. Durante ese tiempo la esperanza se hundió en el dolor hasta ahogarse para siempre. De pronto surgió en su interior una furia que había estado contenida durante muchos meses, el fuego surgió desde su alma provocando que todo su cuerpo temblara y sus manos sudaran, deseó matarlo, ahí, en ese instante. Tomo la taza de café entre sus manos y la oprimió tratando de calmarse.

- ¿Sigues aquí?…- preguntó Alonso irónico - bien, creo que el 3 de abril es buena fecha para que te mudes.
- Lo que yo creo es que tienes muy mala memoria. Si mal no recuerdo habíamos quedado en poner el departamento a tu nombre para evitar impuestos. Pero para tu desgracia y mi beneficio, tu desidia se interpuso en el camino, jamás se logró hacer el traspaso de dueño, tú nunca tuviste tiempo de ir a firmar, siempre tenías algo mejor que hacer… por lo tanto el departamento no está a tu nombre, sino al mío.
- No puede ser, estoy seguro de que se hizo ese cambio.- Ahora era el imbécil, el que se veía inseguro.
- Te equivocas, ni siquiera eso supiste hacer bien. Pero bueno, si eso era todo lo que tenías que decirme, creo que no hay más que hablar… ah! te felicito por tu boda, que sean muy felices.


Ana dejo un billete en la mesa, se levantó y se fue maldiciendo el día en que había conocido a ese bastado y bendiciendo el día en que se había dado cuenta de que le había hecho un favor al dejarla.

Locura

Seoane vino a verme ayer, me dijo que has ocupado mi casa. Me gusta que estés ahí, así tengo la esperanza de volver pronto contigo. Hoy vivo en el silencio, sin saber si fue desamor o aburrimiento lo que te alejó de mi.

Ojalá nunca te hubieras ido, maldigo el día en que tomaste tus cosas y sin más me dijiste “me voy, ya no te quiero”; recuerdo tu pelo revuelto y tus ojos de coral negro mirándome con indiferencia, no lo pude evitar, caí de rodillas y supliqué, mil veces grité ¡no me puedes dejar!, y tú, con voz musical, cediste la responsabilidad a las circunstancias, al tedio, a la soledad. A mi no me faltó perseverancia, rogué, me rebajé, prometí ser mejor, tal vez cambiar, pero tú sólo me gritaste que te dejara en paz que recuperara mi autoestima y que dejara de suplicar. “Pronto encontrarás a alguien más, alguien que te ame de verdad”, fue entonces cuando no pude controlarme, arrojé con furia la mesa del comedor; el vino y el sandwich de mortadela que te preparé para cenar cayeron a piso junto con mi lucidez. Todo fue locura, tu, yo, la puerta, la pistola, el forcejeo, los gritos, el disparo... la locura es estruendosa, vibrante, fosforescente, brilla tanto que ciega y no deja ver la realidad.

Ahora entre estas paredes blancas, bendigo al delirio que te trae a mi encierro, y te prometo vida mía que muy pronto, cuando la ocasión se presente, estaré contigo de nuevo en nuestra casa.

viernes, febrero 10, 2006

La Chinita








Se sentía incómoda, todo el atuendo era ridículo, desde el enorme moño rojo de papel maché que se inclinaba hacia un lado de la cabeza, incapaz de sostenerse por sí mismo en su lugar; hasta el vestido que amenazaba con romperse en cualquier momento. No era el evento en sí, le gustaba ser una chinita en el espectáculo de la escuela de música, le encantaba la canción y el baile le salía muy bien. Pero el atuendo era horrendo, no era justo que su traje de papel maché fuera el más feo de todos. El vestido de Mónica estaba divino, su mamá se había esmerado, tenía la figura de un dragón pintado con brillantina de muchos colores y su moño era una maravilla, tenía varios palillos chinos de los que colgaban unas bolas pequeñas con flecos dorados. Elisa acomodó de nuevo el moño rojo que se le venía encima de los ojos sin piedad, y aseguró con su manita la falda que amenazaba en colapsarse. Respiró profundo, se sentía frustrada, insegura, pero sobre todo muy dolida con su mamá.

El telón se levantó al mismo tiempo que el moño cayo sobre sus ojos impidiéndole ver. Trató de colocarlo en su lugar, pero al levantar el brazo, el imperdible que aseguraba el vestido en su cintura rasgó el papel, por lo que Elisa terminó teniendo que sostener con una mano el moño en la cabeza, y con la otra el vestido en su cintura. Se podía ver a sí misma como una caricatura junto a las demás niñas bailando esplendorosas, con sus vestidos llenos de color y sobre todo bien hechos. Pero lo que más le dolía era no poder bailar como sabía, era la mejor bailarina del grupo, y ahora sólo estaba haciendo el ridículo frente a todo el mundo. Las risas de los espectadores no se hicieron esperar y en ese momento Elisa sintió como el corazón se le bajaba a los pies, y una lágrima asomaba en sus ojos de niña.

El baile terminó, los aplausos cimbraron el edificio al bajar el telón. Elisa tomó el moño de su cabeza, lo estrujó en sus manitas y lo tiró al suelo hecha un mar de lágrimas, jamás podría olvidar lo mal que se sintió ese día, jamás olvidaría el ridículo y la humillación. Nunca volvería a cantar ni a bailar.


Los aplausos no cesaban, por lo que subieron de nuevo el telón. Entonces Elisa se dio cuenta de que los aplausos eran para ella, la gente le aplaudía de pie, y le aventaba flores al escenario. Sus papás emocionados, no dejaban de gritar ¡Bravo! ¡bravo! Elisa conmovida se inclinó, tomo el moño de papel que había tirado al piso, hizo una reverencia y volvió a sonreír.