Locura
Ojalá nunca te hubieras ido, maldigo el día en que tomaste tus cosas y sin más me dijiste “me voy, ya no te quiero”; recuerdo tu pelo revuelto y tus ojos de coral negro mirándome con indiferencia, no lo pude evitar, caí de rodillas y supliqué, mil veces grité ¡no me puedes dejar!, y tú, con voz musical, cediste la responsabilidad a las circunstancias, al tedio, a la soledad. A mi no me faltó perseverancia, rogué, me rebajé, prometí ser mejor, tal vez cambiar, pero tú sólo me gritaste que te dejara en paz que recuperara mi autoestima y que dejara de suplicar. “Pronto encontrarás a alguien más, alguien que te ame de verdad”, fue entonces cuando no pude controlarme, arrojé con furia la mesa del comedor; el vino y el sandwich de mortadela que te preparé para cenar cayeron a piso junto con mi lucidez. Todo fue locura, tu, yo, la puerta, la pistola, el forcejeo, los gritos, el disparo... la locura es estruendosa, vibrante, fosforescente, brilla tanto que ciega y no deja ver la realidad.
Ahora entre estas paredes blancas, bendigo al delirio que te trae a mi encierro, y te prometo vida mía que muy pronto, cuando la ocasión se presente, estaré contigo de nuevo en nuestra casa.

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