La Chinita

Se sentía incómoda, todo el atuendo era ridículo, desde el enorme moño rojo de papel maché que se inclinaba hacia un lado de la cabeza, incapaz de sostenerse por sí mismo en su lugar; hasta el vestido que amenazaba con romperse en cualquier momento. No era el evento en sí, le gustaba ser una chinita en el espectáculo de la escuela de música, le encantaba la canción y el baile le salía muy bien. Pero el atuendo era horrendo, no era justo que su traje de papel maché fuera el más feo de todos. El vestido de Mónica estaba divino, su mamá se había esmerado, tenía la figura de un dragón pintado con brillantina de muchos colores y su moño era una maravilla, tenía varios palillos chinos de los que colgaban unas bolas pequeñas con flecos dorados. Elisa acomodó de nuevo el moño rojo que se le venía encima de los ojos sin piedad, y aseguró con su manita la falda que amenazaba en colapsarse. Respiró profundo, se sentía frustrada, insegura, pero sobre todo muy dolida con su mamá.
El telón se levantó al mismo tiempo que el moño cayo sobre sus ojos impidiéndole ver. Trató de colocarlo en su lugar, pero al levantar el brazo, el imperdible que aseguraba el vestido en su cintura rasgó el papel, por lo que Elisa terminó teniendo que sostener con una mano el moño en la cabeza, y con la otra el vestido en su cintura. Se podía ver a sí misma como una caricatura junto a las demás niñas bailando esplendorosas, con sus vestidos llenos de color y sobre todo bien hechos. Pero lo que más le dolía era no poder bailar como sabía, era la mejor bailarina del grupo, y ahora sólo estaba haciendo el ridículo frente a todo el mundo. Las risas de los espectadores no se hicieron esperar y en ese momento Elisa sintió como el corazón se le bajaba a los pies, y una lágrima asomaba en sus ojos de niña.
El baile terminó, los aplausos cimbraron el edificio al bajar el telón. Elisa tomó el moño de su cabeza, lo estrujó en sus manitas y lo tiró al suelo hecha un mar de lágrimas, jamás podría olvidar lo mal que se sintió ese día, jamás olvidaría el ridículo y la humillación. Nunca volvería a cantar ni a bailar.
Los aplausos no cesaban, por lo que subieron de nuevo el telón. Entonces Elisa se dio cuenta de que los aplausos eran para ella, la gente le aplaudía de pie, y le aventaba flores al escenario. Sus papás emocionados, no dejaban de gritar ¡Bravo! ¡bravo! Elisa conmovida se inclinó, tomo el moño de papel que había tirado al piso, hizo una reverencia y volvió a sonreír.

1 Comments:
Marialuisa, te echo de menos, Tus cuentos y narraciones son un regalo para quienes los conocen.
Deseo (egoistamente) que pronto salgan a la luz más de esos manojos de letras aderezados por tí. Besos, tu amiga Antonia.
Publicar un comentario en la entrada
<< Home